Homeschooling: aprendiendo de la vida misma (2).

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Uno de los problemas que más acusan las familias, en general, es la mala alimentación de sus hijos por diversas razones.

Muchas veces, desayunan y comen en el colegio con lo que ello implica (baja calidad de los alimentos, pésimos métodos de cocinado, malas combinaciones, horarios desajustados con sus necesidades biológicas…) y luego, al llegar a casa, por las prisas o las pocas ganas de padres agotados, también comen mal.

El homeschooling aporta mucho en este sentido. Todo son ventajas.

En primer lugar, el estar en casa nos ofrece una despensa seleccionada por nosotras para nosotras y para nuestros hijos. Nos permite trabajar con ellos, desde que son muy pequeños, la toma de decisiones. ¿Cómo? Así:

Cuando nuestros hijos van tomando alimentos que no son la leche materna, en principio, les vamos dando a probar los que consideramos adecuados. Algunos les gustarán más y otros menos. También cambiarán estos gustos según las etapas de su vida.

Y a medida que crecen, tenemos una oportunidad estupenda para que participen en la toma de decisiones respecto a la comida, pero que les servirá para cualquier otro ámbito de sus vidas: elegir por nosotros mismos es muy importante.

Tenemos varias maneras de hacerlo.

Cuando son pequeños, pero ya comprenden, podemos proponer dos o tres alternativas que consideremos oportunas, por ejemplo para la merienda, y que sean ellos los que decidan. Se sentirán importantes y habrá más posibilidades de que, lo que elijan, se lo coman.

Otra sería que elaborásemos juntos la lista de la compra en base a los criterios que consideremos importantes: productos de producción local, ecológicos, de marca, precio, tipo de comercio, etc… y así se sentirán partícipes de esas decisiones.

También podemos elaborar un listado de comidas semanales juntos y así tendrán claro lo que se va a comer cada día y no les creará ansiedad o incertidumbre. Ese menú podemos hacerlo bonito y ponerlo en alguna pared de la cocina o en la nevera para que todos puedan consultarlo.

Otra manera es que, por días o semanas, solos o en grupo, se turnen en la elaboración de las comidas que les apetezcan o establecidas para que practiquen también algo que será muy útil en sus vidas.

Además, la cocina nos ofrece la oportunidad de trabajar muchas áreas de modo simultáneo:

  • Cambio de unidades de medida.
  • Fracciones.
  • Otras operaciones aritméticas.
  • Uso de báscula y vasos o cazos medidores.
  • Artes plásticas (decorado de tartas, decorado de la mesa, decorado de vasos, elaboración de servilleteros personalizados, decoración de servilletas…).
  • Elaboración de recetas seleccionadas de un libro.
  • Elaboración de recetas inventadas.
  • Análisis del presupuesto doméstico dedicado a la alimentación.
  • Diferentes métodos de procesado de alimentos.
  • Poner en valor este tipo de tareas cuando las realiza otra persona.

Así que, aprovechad el verano para cocinar con ellos todos los días.

El círculo de Lola.

Homeschooling: aprendiendo de la vida misma.

Invernadero

La opción de educar en casa, homeschooling, es muy interesante. Nos brinda oportunidades de aprender, simplemente, viviendo.

Voy a contaros, durante unas semanas, algunas de nuestras experiencias para que comprendáis la importancia y la magnitud de todo lo que hacemos para nuestra evolución y aprendizaje.

Desde antes de que mis hijos naciesen tuve claro que quería educarles en casa. A pesar de haber estudiado magisterio, el modelo educativo actual no me convencía para ellos y, sin embargo, confiaba en mi capacidad de aportarles algo más que contenidos curriculares estandarizados. Así que, así se lo hice saber a mi pareja y he procurado que así fuera.

A pesar de ello, tuve que escolarizar durante algún tiempo y la experiencia tuvo sus pros y sus contras. Más bien contras. Aún así, nunca dejé de aportar, fuera del horario escolar, aquello que consideraba importante para sus vidas.

Una de las experiencias más intensas que hemos vivido ha sido en un proyecto en el que yo participaba como voluntaria.

Una amiga, a la que aprecio mucho, tiene dos residencias para la rehabilitación psicosocial de varones adultos con discapacidad intelectual o trastornos mentales.

Aparte de proporcionarles el acompañamiento necesario para que adquieran habilidades que mejoren su autonomía, sus capacidades para las relaciones sociales, familiares y laborales, de cuidar de su salud a todos los niveles y de procurar que vivan felices, Tere, la directora de estos centros, les proporciona una alimentación de la máxima calidad posible, convencida de que ésta es muy importante también para su salud mental y física.

Eso es evidente: “somos lo que comemos”.

Así que, a lo largo de sus más de treinta años de experiencia, ha ido construyendo una granja y unos huertos, con criterios biodinámicos, ecológicos y orgánicos, donde se produce casi la totalidad de los alimentos que los residentes consumen.

Os cuento todo esto para introduciros en el valor del aprendizaje que mis hijos han adquirido en ese lugar.

Desde que eran muy pequeños, varias veces al año, hemos pasado semanas en estos centros. Mi intención era apoyar la causa, colaborando en las tareas que eran compatibles con mi disponibilidad y conocimientos, echar una mano en las épocas de mayor trabajo en la huerta y que mis hijos aprendiesen algo que perdurara de por vida en su memoria.

Mi/nuestra aportación consistía en echar una mano en los huertos y los invernaderos en las épocas en que más trabajo había para que comprendiesen y aprendiesen varias cosas:

  • El origen de los alimentos. De dónde sale lo que ponemos cada día en la mesa.
  • La importancia de que esos alimentos sean, en la medida de lo posible, de cultivo orgánico.
  • La diferencia entre los alimentos orgánicos y los que no lo son: sabor, olor, tamaño, aspecto…
  • El trabajo que conlleva producir un kilo de hortaliza y valorar el esfuerzo del agricultor para reflexionar y debatir sobre los precios de los alimentos, el abuso de los intermediarios y la venta en las grandes superficies de estos productos.
  • La importancia de comprar a los productores locales.
  • Comprender el desarrollo de una estrategia de cultivo propio para mejorar la salud física y mental de las personas.
  • Cómo se gestiona una granja sin productos tóxicos para los humanos que trabajan allí ni para los animales.

Para conseguir todos estos objetivos que me planteaba, los niños realizaron varias tareas a lo largo de ese tiempo. Algunas de ellas son:

  • Realización de semilleros de diversas hortalizas. Diferentes sustratos y profundidades a las que se colocan las diferentes semillas.
  • Trabajos de desherbado de semilleros.
  • Trasplante de plantones al terreno: lechugas, pimientos, tomates, brócoli, calabacín, cebollas…
  • Siembra directa de leguminosas.
  • Manejo de las distancias de plantación y siembra: realización de la cuadrícula necesaria según la hortaliza de la que se trate.
  • Construcción de una regla de siembra.
  • Acolchado del terreno.
  • Preparación del terreno para el invierno.
  • Preparación del terreno para el verano.
  • Poda.
  • Recolección de todo tipo de hortalizas. Manera correcta de recoger cada una sin dañar a la planta.
  • Desherbado de grandes superficies.
  • Elaboración de abono ecológico.
  • Elaboración de abono biodinámico.
  • Aplicación de abono al terreno dependiendo del cultivo que sea y del desarrollo de la planta.
  • Manejo de todo tipo de herramientas de horticultura y maquinaria.
  • Instalación de riego por goteo.
  • Instalación de cuerdas en invernaderos para hortalizas trepadoras.
  • Atado de hortalizas trepadoras.
  • Retirada de hortalizas después de la cosecha.
  • Carga y descarga de alpacas de paja para acolchado y alimentación del ganado.
  • Qué “malas hierbas” come cada tipo de animal.
  • Alimentación de los animales.
  • Gestión de un gallinero.
  • Presenciar el nacimiento de corderos.
  • Alimentación de crías de mamíferos a biberón y cuidado de las mismas.

La lista sería casi interminable… pero una de las cosas más importantes que han aprendido es a acompañar y a escuchar a personas con trastornos mentales. A no tenerles miedo. A comprender su vida. A comprender su tristeza o su alegría. A visualizar las peculiaridades de cada una de ellas. A verles como iguales. A sentir sus penas y dolores. A darles la mano o un abrazo para despedirles al irnos. Al ver la alegría en sus rostros cuando volvíamos a encontrarnos. A escuchar sus historias aunque a muchos ni se les entiende al hablar.

Otra lección muy importante que han aprendido es la generosidad y dedicación a los demás con las que algunas personas pasan por la vida, como Tere, que está volcada en cuerpo y alma a esta causa. Con el cariño con el que trata a “sus chicos” y con la mirada y cariño con los que “sus chicos” la miran a ella.

Esto es también homeschooling.

El círculo de Lola.

Enseñar matemáticas a los más pequeños

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Muchos de nosotros hemos aprendido matemáticas de manera memorística, sin interiorizar realmente los conceptos ni entender vivencialmente los principios de esta ciencia. Y luego llegan las dificultades.

 

Los niños están capacitados para, desde muy pequeños, entrar en el mundo fascinante de los números y las relaciones matemáticas, pero si aprenden de forma forzada y aprenden de memoria los números y las operaciones más sencillas tendrán problemas posteriormente para desarrollar los conceptos por muy bien que sean capaces de realizar los primeros problemas.

 

En cambio, si sentamos las bases de un aprendizaje natural, unido a la experiencia vital, podrán disponer de las herramientas de pensamiento que luego serán imprescindibles para comprender los conceptos matemáticos más complejos. Es muy importante que los bebés y los niños pequeños desarrollen la memoria visual y auditiva pero también es igualmente imprescindible la comprensión conceptual.

 

El mejor medio para ayudarles a conseguirlo es presentar las matemáticas como una secuencia progresiva de conceptos que puedan ir asimilando, sobre todo a través del juego creativo. Los números y las relaciones están por todos sitios y se asientan sobre ideas como el espacio, el tiempo, la posición o el tamaño.

 

Una vez los pequeños han interiorizado un concepto y son capaces de usarlo de forma no guiada irán sumando pasos en su comprensión del mundo que les rodea. Nuestro papel será el de facilitadores de materiales y espacios, no de profesores que determinen el modo en el que deben relacionarse con los objetos. No empezaremos señalando si algo están bien y mal. Sin fichas, sin caritas tristes y por supuesto, en libertad de movimiento.

 

Tendríamos que basar el juego de aprendizaje matemático en cinco pilares básicos. Primero, el aprendizaje será secuencial, es decir, primero lo simple y después aumentar la complejidad. Segundo, seremos observadores activos pero no entrenadores, entendiendo que el verdadero aprendizaje será experimental. Tercero, usaremos objetos que para los niños tengan significado y usen en su vida diaria con ilusión antes que cosas que les sean ajenas. Cuarto, el juego será fundamentalmente táctil y físico, dejando que las ideas nazcan de la experiencia real. Y quinto, debemos ser coherentes usando expresiones y palabras que supongan una base para lo que posteriormente se aprenderá.

 

Cuando hablamos de secuencia progresiva quiero decir que, por ejemplo, no tiene sentido empezar con los números y las cantidades. Primero dejaremos al niño en relación libre con objetos que tengan semejanzas y diferencias entre ellos. El niño irá descubriéndolas por si mismo, sin prisas ni explicaciones. Cuando constatemos que aprecian dichas semejanzas y diferencias introduciremos juegos que faciliten la clasificación y ellos mismos buscarán modos de ir ordenando por cualidades. Solamente entonces, cuando los niños agrupen objetos por cualidades podremos introducir ideas como la cantidad diferente de los objetos de cada grupo.

 

Disponer de un espacio de juego adaptado a sus necesidades es importante. Es posible prepararlo en la propia casa y, aunque el ejemplo que muestro es un lugar ideal, podemos organizar su espacio con mayor simplicidad. Es importante que sea seguro, sin objetos peligrosos ni delicados a su alcance y en el que puedan moverse tranquilamente.

 

Tengo una pequeña amiguita, que acaba de cumplir seis años, que apunta maneras de pensadora crítica y espíritu libre, lo que ya le está dando a su mamá quebraderos de cabeza en el colegio. El ejemplo creo que es muy significativo. Están empezando a enseñarle a sumar. La profesora les entrega una ficha. Todos calladitos y sentados. En la ficha aparecen dos niños y cada uno de ellos tiene cinco caramelos. La profesora les propone que escriban el número de caramelos que tienen los niños en total. La pequeña Ana le dice: es que a mí no me importa cuántos caramelos tienen si no me voy a poder comer ninguno. La profesora se enfada. La niña no tiene interés y es indisciplinada y contestona. Pero es que Andrea tiene razón, a ella no le importa en absoluto si los niños tienen cinco o diez caramelos. Eso no tiene valor real en su vida.

 

Volvamos con Ana. Sus padres ese fin de semana van al campo, a hacer una plantación de pequeños árboles en una zona en repoblación. Han pasado toda la semana preparando los aperos, les ha acompañado al vivero, ha visto que calculaban cuantas personas van a acudir, lo extenso del espacio asignado, quienes tienen instrumentos y la cantidad de cada especie que van a llevar. A Andrea le dan una pequeña pala con la que ayuda a su madre a cavar y colabora ilusionada en colocar los pequeños arbolitos en cada agujero.

 

Al regresar a casa está agotada, risueña y satisfecha. Cuando va a dormirse abrazada a su madre y le dice pregunta si los arbolitos vivirán. Su mamá le promete que irán a regarlos y a verlos crecer. Ana dice que ella ha plantado cinco árboles con papá y cinco con mamá, así que habrá diez árboles de los que ella será también su mamá. Esto si le importa, lo ha vivido, lo ha tocado y lo ha amado. Y ha sumado sin que nadie le mande hacerlo. Esto no se le va a olvidar.

 

El ejemplo, real, nos permite reflexionar sobre lo importante que es el aprendizaje creativo, emocional y vivo. Estar obligados a estar sentados, callados y escribiendo en un papel usando los colores que te indican y no otros, repitiendo una y otra vez, hace que cualquiera se aburra y pierda la alegría que supone el descubrir cosas nuevas.

 

Aunque esto no sea siempre posible es sin duda la mejor manera de que los niños se enseñen a si mismos y nos pidan ayuda para aprender. Con las manos, con los ojos, con los sentidos, no solamente con la cabeza.

 

Mireia Long

Enseña a amar la ciencia a tus hijos

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El amor a la ciencia y la investigación es una actitud que los padres podemos hacer mucho por promover en el niño y podemos hacerlo desde nuestra misma casa y también, por supuesto, hacerlo en la escuela.

Comienzo recomendando este video TED de César Harada, profesor en un colegio de Hong Kong, que explica cómo enseñar a amar la ciencia a los niños.

 

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El ser humano disfruta descubriendo

El preguntarnos por las causas de las cosas es natural en los seres humanos. Aunque no queramos, funcionamos así, somos curiosos y aprendemos por ensayo y error, con experimentación, aunque también preguntando lo que nos interesa. Nos hace disfrutar. Aprender es divertido, y eso es normal, pues el ser humano es un animal que se adapta al entorno mediante la investigación, el conocimiento, la cultura y la manipulación de lo natural. Somos animales científicos, si nos dejan. Es fundamental respetar estos procesos en el niño: tocar las cosas (siempre que no sean peligrosas, claro), tener mucho material disponible, tirar siendo bebé la comida al suelo o mancharse con ella, preguntar y preguntar y preguntar…  somos científicos desde el nacimiento, queriendo descubrir que pasa cuando hacemos algo y si ese efecto se repite igual si repetimos la acción. Por tanto, la primera manera de favorecer el pensamiento científico es respetar el proceso natural de aprendizaje del niño desde bebé y estar abierto para ofrecerle las máximas posibilidades de experimentación segura. Y, por supuesto, atender a sus preguntas aunque las hagan continuamente.

El ejemplo de los padres

La segunda forma de promover el amor por las ciencias es interesarse uno mismo por ellas, sea leyendo, sea buscando respuestas a lo que no conocemos y haciendo al niño partícipe de nuestros descubrimientos. Incluso podemos plantear dudas sobre la naturaleza de las cosas y sobre los procesos de los seres vivos, del entorno o de las fuerzas que nos rodean, invitando al niño a que averigüe las respuestas con nosotros. Si el modelo que ofrecemos no es el de una persona que busca seguir aprendiendo difícilmente podremos inculcar ese amor al conocimiento en los niños.

Transmitir que podemos encontrar las respuestas

La idea es transmitir que uno mismo puede descubrir las respuestas a las cosas, sea investigando con experimentos, sea buscando la información en libros o internet, sea hablando con personas que conozcamos que sea expertos en esa cuestión y puedan explicárnoslo.

Favoreciendo el aprendizaje significativo

El que el objeto del estudio sea significativo lo hará más valioso e inolvidable. La importancia que se da a la respuesta y el aprendizaje sobre procesos y contenidos dependerá de lo significativa que sea para el observador o estudiante, y, por tanto, que las preguntas las hagamos nosotros mismos (y luego ellos mismos) será lo que haga a las respuestas ser más importantes y valiosas, comprensibles y duraderas. El aprendizaje funciona mucho mejor si es voluntario, por tanto, hay que favorecer que se ame aprender y dejar libertad para elegir contenidos, más que obligar a aprender un determinado contenido en un determinado momento sin que sea el que el niño ha encontrado para él mismo. Pedagógicamente el aprendizaje más duradero es el que es significativo para el que aprende, y los métodos más efectivos son el enseñar a otro, el experimentar directamente o el establecer un diálogo con otra persona. Fomentando estos procesos mejoraremos no solo la capacidad del niño para amar las ciencias, sino también el que el aprendizaje obtenido sea de calidad.

Experimentos caseros

La realización de experimentos sencillos en casa como plantar semillas y verlas crecer, cuidar animales en casa o buscar en nuestro hogar objetos y substancias que podamos manipular viendo como responden a nuestras acciones sería una forma muy efectiva de promover la curiosidad científica y las habilidades del investigador.

También hay juegos científicos sencillos que podemos adquirir o fabricar nosotros mismos. Podemos, cuando el niño esté preparado, preparar modelos de átomos o del sistema solar, hacer una cometa o construir un pequeño barco con una maqueta. Las preguntas brotarán como agua desbordada si les animamos y les ofrecemos recursos. Y por supuesto, no olvidar lo importante que es la cocina como laboratorio donde se experimenta con pesos, medidas, texturas y reacciones físicas y químicas.

Hacer del mundo un gran laboratorio

Por supuesto, en las actividades vivenciales podemos incluir el mundo entero como un gran laboratorio de ciencias, incluyendo en nuestros planes visitas a museos, centros de interpretación, jardines botánicos, reservas de conservación animal y lugares de interés natural. Existen también programas de televisión con contenidos científicos o naturalistas que ya pueden disfrutar los pequeños, y, con el tiempo, es una buena costumbre empezar a ver documentales e ir aumentando su complejidad a medida que el niño lo demande o se haga preguntas. Dejarles ensuciarse es otra de las actividades más educativas posible: con agua, con barro, con arena, con tierra… jugar con la lluvia, el viento, la nieve o el hielo, recoger hojas secas y piedrecitas interesantes, pasear por el parque, la playa y el bosque, acercarnos a los campos sembrados en diferentes épocas del año, todo eso fomenta el conocimiento directo de la naturaleza y sus procesos. Disponer en casa del máximo posible de libros, vídeos, juegos educativos y toda clase de recursos es una manera excelente de llevar al hogar el amor al conocimiento. Y, lo que no podamos comprar, podemos descubrirlo en la biblioteca. Con todas estas ideas podemos llevar la ciencia a nuestras casas y fomentar en nuestros hijos el amor al conocimiento y a la investigación. La clave, de nuevo, respeto por los procesos del niño y un acompañamiento consciente pero no intrusivo.

 

Mireia Long

10 cosas que todo niño debe experimentar

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Cuando tenemos un hijo pequeño nos abruman mensajes contradictorios sobre las cosas que debemos ofrecer a los niños, las experiencias, recursos educativos y logros en su autonomía que parece que hay prisa para que logren antes de los seis años: dormir solo de un tirón, leer o dejar los pañales.

Sin embargo, a veces nos olvidamos de lo importante que es la experiencia real con la naturaleza y los materiales. Vamos a hablar de eso y os voy a proponer 10 cosas que creo que todos los niños necesitan poder hacer en su infancia.

Ensuciarse

Ensuciarse a conciencia: con barro, agua, arena, hojas secas, hierba mojada, polvo de los caminos, lluvia en el pelo, paja del establo. Mancharse lo que necesiten, sin miedo a la suciedad, ni a que se estropee la ropa, ni tan siquiera el resfriado. Mancharse sin preocupación, sintiendo la experiencia de la materia natural.

Revolcarse por un prado, pisar las boñigas de una vaca, acariciar un animal, tener las manos llenas de barro y de musgo de un árbol. Terminar con los zapatos empapados del limo de un riachuelo.

Comer alimentos que recolecte de la Naturaleza con sus propias manos

Seguramente muchos, cuando eráis niños, descubristeis el placer de comer algo cogido con vuestras propias manos. Yo comí peras y manzanas verdes de un árbol en el que trepe, moras del zarzal en el camino, setas de otoño (con la supervisión de un experto), espárragos e hinojo silvestres, nueces y piñones caídos, frambuesas, flores de acacia, trigo verde, néctar de campanilla, el dulce jugo de una hoja de hierba, higos maduros, huevos de las gallinas recién puestos, leche ordeñada con mis propias manos.

En lo posible ofrecer esta experiencia maravillosa a los niños, en paseos por el campo, vale la pena.

Y si tenemos la oportunidad de cultivarlos nosotros mismos en casa o en el jardín, es otra experiencia maravillosa el plantar, regar y cuidar los vegetales para luego disfrutarlos frescos y llenos de sabor.

Construir un refugio

Nosotros hemos construido muchos refugios. En el bosque, con ramas caídas; en la playa, con los troncos que arrastra el mar; en el desierto, con hojas de palma, piedras y cañas. Inventando un lugar donde escondernos, una aventura de náufragos u hombres prehistóricos.

Sentir los elementos

Sentir directamente la fuerza y la diversidad de los elementos de la Naturaleza es emocionante, divertido y educativo. No privemos a los niños del viento en la cara, la lluvia en el pelo.

Meter los pies en el río, chapotear en los charcos, tocar con la mano el hielo en invierno, arrancar un carámbano. Revolcarse en la hierba y en la nieve. Lanzarse pellas de barro. Dejar que te rodee una tormenta. Patear las hojas otoñales. Oler las flores de la primavera. Explorar un bosque, una cueva (pequeña), caminar sin rumbo en un paraje natural. Subir una montaña hasta que puedas ver el horizonte y oler el aire de las alturas.

Descubrir animales en libertad

Mirar en una charca los renacuajos, los peces en un riachuelo, observar aves en libertad, perderte en el vuelo de los flamencos. Sentarte en mitad el bosque, en silencio, tumbado sobre la hierba mientras miras los insectos que se mueven. La sorpresa de un conejo que corre. Y, si puede ser, delfines saltando en torno a tu barco o corzos asomando, tímidos, entre los árboles. Escuchar el canto de los pájaros sin hablar. Seguir el curso de un rio hasta ver patos o nutrias.

Hacer sus propios juguetes

Otra de las actividades que olvidamos, cuando pueden ser muy sencillas, es enseñarles a construir sus propios juguetes.

Hacer una cometa y luego, esperar ansioso un día de viento para hacerla volar es algo maravilloso. Hacer una flauta o un palo de agua. Inventar una presa en el riachuelo con palitos y piedras, dejando luego que el agua vuelva a correr libre.

Trepar

Trepar por el simple placer de trepar. Con seguridad, pero sin miedo, y acompañados si es necesario. A un árbol, una tapia, una piedra enorme o una montaña. Sintiendo el peso del propio cuerpo, la gravedad que empuja hacia abajo, descubriendo los lugares donde apoyar los pies y asegurar las manos. Arañándose las rodillas, gritando al llegar a la cima, saltando como locos al rememorar la hazaña.

Encender una hoguera

Encender una hoguera. Por supuesto, con todas las normas de seguridad y la supervisión de un adulto, pero encenderla. Recogiendo ramas secas, con carbones, en un espacio asegurado o en una chimenea. Dando aire con un fuelle o abanicando con lo que tengamos a mano. Viendo como las llamas se alzan, sintiendo el calor en la cara, observando como se consume y, al final, apagando las brasas.

Comer con las manos

Pues sí. Comer con las manos es un placer que no deberíamos prohibir, siempre dentro de las normas y adaptándonos al lugar y el alimento. Pero comerte unas chuletas, un pescado asado en el espetón, lo que sea, pero sin necesitar platos ni cubiertos, con los dedos calientes y la grasa por la barbilla. Es divertido, excitante y reconfortante.

Ir descalzo

Por casa les encanta seguramente ir descalzos. Y os lo digo aunque a mí me cueste horrores no ser una pesada de las zapatillas.

Y además, con cuidado, deberíamos dejarles sentir la sensación de los pies desnudos sobre la hierba y las hojas húmedas, la arena caliente, las piedras del camino, la nieve y el agua de un río o el mar aunque estén fríos. Luego, te limpias y te calzas, pero un rato de pies desnudos, con el barro colándose entre los deditos, es un placer y una experiencia sensorial que merecen tener.

 

Estas diez cosas que los niños necesitan experimentar en su infancia son propuestas a las que deberíamos acercarles, en vez de prohibirlas o evitarlas, pues son una fuente de aprendizaje, libertad y diversión maravillosa.

 

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No a los deberes abusivos

En la Pedagogía Blanca estamos en contra de que los niños tengan que usar una gran parte del tiempo que se supone que debería ser de ocio o de disfrute en familia para realizar tareas que en realidad deberían de hacer durante el horario lectivo.

Sabemos que hay muchos maestros y profesores que están convencidos de que poner deberes y tareas diariamente a sus alumnos ayuda a que “refuercen” lo que se ha trabajado en clase. Están convencidos de que a sus alumnos les viene bien, y no son conscientes de cuanto daña a esos mismos alumnos esa creencia, y sobretodo de que la lleven a cabo, que les pongan deberes a diario, y muchas veces de más de una asignatura.

¿Se dan cuenta que hay niños que se pasan dos y tres horas diarias haciendo tareas? ¿De verdad creen que es eso bueno para un niño?

Las tareas escolares para realizar en casa solo sobrecargan al niño.

Si en clase ya aprendió, no necesita hacerlo, si no lo aprendió ¿cómo va a hacerlo solo? Además con lo que se llega a repetir todo a lo largo de todo el proceso educativo no tienen ningún sentido, es agotador y redundante.

Por si fuera poco, invaden las horas que pertenecen estrictamente al ámbito familiar y de ocio, diciendo a los padres en qué han de usar su tiempo cuando el niño ha salido del colegio, interviniendo en su vida y sus planes (si querías ir esta tarde con tu hijo al cine para disfrutar de vuestro tiempo libre cuando ya ha salido del colegio, fastídiate, que hoy le han dicho que tiene que entregar mañana tareas de tres asignaturas distintas. Ve diciendo adiós al tiempo de relax con tu hijo, a las palomitas y al dolby surround) y convirtiéndose en los directores de tu día a día.

Ya no se puede ser padre ni en las pocas horas que quedan desde que salen del colegio hasta que han de ir a dormir, ahora hay que ejercer de maestro en ese rato se quiera o no, y por lo tanto se han de dejar de lado cosas fundamentales en la convivencia con tus hijos. El tiempo para educar en valores y en ética, queda reducido a la mínima expresión, el tiempo de juego y de ocio familiar también, el tiempo para que el niño disfrute de ratos sin obligaciones de ningún tipo y que pueda trabajar en su autoconocimiento y en las cosas que le encantan, desaparecido también.

Los deberes en exceso roban la mejor parte de la infancia a nuestros hijos, debemos rebelarnos ante ello. Mandar notas a los profesores, hablar con ellos, exponer nuestro punto de vista ante la dirección del centro o el consejo escolar si fuera necesario.

Está demostrado que poner deberes no mejora en nada los resultados académicos, pensar que sirven para algo es auto-engañarse. Sí, bueno, sirven para que los niños relacionen el estudio con algo negativo que te roba tiempo libre, que después de entre 6 y 8 horas diarias ya tenías más que merecido.

De hecho los deberes solo funcionan en aquellos niños que pueden contar con la ayuda de sus padres o de un profesor particular, es como si tuvieran “clases de refuerzo”, cosa que es obvio que no necesitan todos los niños. Y aquellos niños que no pueden tener a un adulto que les ayude, por el motivo que sea, solo sienten mayor presión, hastío y desmotivación ante la avalancha de tareas que se le vienen encima y que muchas veces no saben cómo resolver. Los deberes acentúan las diferencias socio-culturales de las familias.

Las tareas y deberes no son ni necesarios ni importantes, deberían eliminarlos. Solo provocan hastío y roban tiempo de familia y ocio impunemente a menores indefensos.

Los maestros que ponen deberes diariamente son cómplices sin saberlo ni pretenderlo del Estado en su esfuerzo por convertir a niños y jóvenes brillantes en súbditos hastiados y apáticos, esos son los que no se rebotan, los que todo gobierno desea para que nadie se rebele, el súbdito ideal educado por un sistema que han decidido quienes nos gobiernan para cumplir mejor sus fines, no los nuestros, que nadie se olvide.

Por suerte muchos maestros y profesores no comparten ese objetivo y en sus aulas hacen las cosas de manera diferente, mucho más cercana a lo que sus alumnos necesitan. Docentes comprometidos con su profesión que solo desean ayudar a desarrollar plenamente las capacidades, competencias y personalidades de cada uno de los alumnos que les han tocado en suerte. Esos profesores rara vez ponen deberes por sistema, y cuando ponen alguna tarea es porque es algo que realmente va a ayudar a avanzar, a crear, a aportar algo extra a sus alumnos. Esos docentes son los que creen en ellos y en el ser humano por encima del sistema, y esos son los docentes con quienes queremos topar, los que ayudan a nuestros niños y jóvenes a mejorar de verdad.

La Resolución de la Dirección General de Ordenación Educativa de 3 de octubre de 1973, aún vigente, establece que “los programas de los centros serán elaborados de forma que eviten como norma general el recargo de los alumnos con tareas suplementarias fuera de la jornada escolar”. Recordadlo.

Dejad a los niños tiempo libre para que descubran qué les apasiona, qué quieren hacer, con qué sueñan, y cuando lo sepan ayudadles a investigar, aprender, conocer, inventar… Pero cuando lo sepan y lo pidan y esa pasión se convierta en su ocio, mientras tanto, dejadles tiempo libre, es importantísimo.

Azucena Caballero

Queridos profesores: gracias por no trivializar el suicidio adolescente

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Me han pasado esto de un grupo de profesores de secundaria (funcionarios públicos, os recuerdo) y me quedo alucinada.

Quiero centrarme, ya que habría mucho para comentar, pero quiero centrarme en 2 cosas fundamentales:

1.- ¿Es ético que un profesional de la docencia, funcionario público, a cargo de nuestros hijos durante muchas horas cada día, con la que está cayendo, trivialice y frivolice con el suicidio adolescente de esta manera? Que no lo hace en un grupo de amigos, ojo, que lo hace en un grupo con más de 7500 colegas, en un grupo para apoyarse de manera profesional, no para esta falta de respeto hacia las familias y los chavales. (Esta persona, que ni sé quien es, ya que me han pasado el pantallazo ya tachado, ¿se dará cuenta de lo que dice?). Pensar que menores tengan que estar bajo su custodia durante horas a diario me genera gran disconfort, lo confieso. ¿Cómo les tratará?.

2.- Doy gracias a que hay profesionales de la docencia que se niegan a ser cómplices de este tipo de comportamientos y que huyen del corporativismo facilón y barato. Esto me lo ha pasado un miembro de ese grupo, como me pasaron otras personas, tb profesionales dentro del sistema educativo y que tienen el buen corazón y la decencia de no coincidir en esta linea de pensamiento tan horrible, los que os compartí a través del blog, dónde algunos “docentes” se burlaban de sus alumnos, les llamaban vagos y echaban de menos no poder pegar un coscorrón con el que se van todas las tonterías, incluyendo el TDAH o decían que con uno lograban solución inmediata y efectiva (y eso que saben que pegar un coscorrón, un cachete o cualquier tipo de violencia física es ilegal, pero a ellos plín). Hay profesores que están muy lejos de este tipo de comentarios y que sí ven a sus alumnos como lo que son: personas en una etapa de su vida fabulosa, con todas las oportunidades y opciones que tiene la vida ante sí, y que es un momento en el que se les puede ayudar a florecer, que cuesta, que el sistema tal y como está no ayuda, pero ellos aman enseñar y aman a sus alumnos. Así que GRACIAS. Gracias a todos los que me escribís para decir que estáis horrorizados con lo que leéis, gracias a los que intentáis frenar estos comportamientos, gracias a quienes sí intentáis dar lo mejor de vosotros y respetáis a las familias y a los críos, gracias a los que deseáis que esto se denuncie.
Si alguien más quiere darme un pantallazo horroroso, sin datos de nadie, eso sí, para que sea yo quien lo saque, ya que teméis las represalias que vosotros podáis tener, adelante. Mi muro y mi blog está a vuestra disposición. Por que esto es como lo de siempre, si no se muestra parece que no existe, y ya va siendo hora de que las familias sepan con quien puede ser que estés dejando a tu hijo, para que estén alerta y puedan tomar las medidas que crean oportunas. Un funcionario ha de ser cuidadoso con las responsabilidades que libremente decidió asumir en su día.

Gracias queridos profesores por que la mayoría sí amáis lo que hacéis, y jamás dirías barbaridades como estas, y mucho menos bromearíais sobre el suicidio juvenil.
Gracias.

Azucena Caballero

Los niños y la felicidad

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Leí hace unas semanas un artículo bastante terrible acerca de la felicidad y de lo absurdo que es desear tener hijos felices (!). Pues sí, tal cual. El autor, un filósofo navarro, afirmaba que “los padres que quieran hijos felices tendrán adultos esclavos de los demás” y advertía que la sociedad no tratará a los niños por el grado de felicidad que tengan, sino por aquello que sepan hacer. Que la vida es complicada y pretender vivir en nubes rosas es vivir fuera de la realidad y no saber nada sobre la misma.
Me quedé algo pensativa; es la primera vez que leo que tener hijos felices es absurdo. Porque para mí la felicidad significa saber aceptar la vida tal y como es, y es lo que deseo para mis hijos, para mí, y para todo el mundo.
Por supuesto que la vida es complicada, esto lo sabemos todos, la cuestión es saber vivirla sin deprimirnos.
Y precisamente saber gestionar emociones y centrarnos en las que nos ayudan a entender mejor lo que nos ocurre es un factor que nos hace felices.
Varios factores nos pueden ayudar a criar y educar niños felices que llegarán a vivir como adultos felices:
  • respetar a nuestros hijos y a sus decisiones; si consideramos que hay peligro en ello, explicarles con paciencia por qué es mejor cambiar de opinión
  • saber negociar de forma respetuosa con ellos
  • dejarles elegir su propia educación guiándolos de forma apropiada, pero sin obligarles a hacer lo que nosotros queremos, sino ayudarles a obtener aquello que ellos desean
  • poner límites mínimos, pero serios y de sentido común y respetarlos siempre
  • paciencia y disponibilidad de tiempo y de recursos de todo tipo (desde emocionales hasta intelectuales)
  • dejarles jugar mucho, y permitirles descansar
  • ofrecerles y rodearlos de estímulos culturales y, en general, de cosas que consideramos saludables para su mente y su cuerpo
  • ser un modelo adulto para ellos y tener coherencia, honestidad, integridad y mucho cariño
  • acompañarlos en sus exploraciones y descubrimientos sobre la vida y el universo.
Todo esto representa la receta garantizada de criar seres humanos felices, con inteligencia emocional y autoestima sólida, y con muchas habilidades de todo tipo. Porque saber hacer algo para la sociedad significa hacerlo con pasión y vocación y esto es imposible si el niño no ha sido feliz en su infancia y el adulto que ha resultado es un frustrado y tiene el autoestima débil.
Precisamente los niños felices son fuertes, valientes y realistas: saben que la vida no es fácil, pero van aprendiendo a desarrollar sus propios recursos emocionales para sobrellevar las vicisitudes de la vida y la aman tal y como es. Para poder apreciar la vida y a los que nos rodean hace falta ser apreciados, amados y felices en la infancia por los que nos cuidan. No sabemos apreciar lo que no tenemos y no nos han enseñado.

Vivir feliz no significa vivir en la nube y evitar los problemas, sino saber cómo resolver conflictos con sabiduría, paciencia y calma. La sabiduría se adquiere con el tiempo y desarrollando un buen criterio personal. La paciencia y la calma se obtienen a través de la buena gestión de las emociones que, a su vez, se adquiere viviendo en calma, y siendo feliz.

Estoy de acuerdo, no obstante, con su afirmación: “ser adulto, o hacerse adulto, es aprender a querer a los que te rodean a pesar de que estén llenos de faltas.” Pero repito  que jamás aprenderemos a querer a nadie, ni a nosotros mismos, con o sin fallos, si previamente, al nacer nosotros, no hemos sido amados de forma incondicional por nuestros padres. Hay que aprender a amar, en efecto; y los primeros que nos dan esta importante lección son nuestros padres. Es lo único que nos puede hacer felices. Sentirnos amados de forma incondicional, aunque seamos imperfectos y nos equivoquemos muchas veces.
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Por Sorina Oprean
Con la pasión de ayudar a los padres a entender la fuerte y maravillosa conexión que se puede dar entre ellos y sus hijos cuando se implican a fondo en su educación, Sorina colabora con el equipo de Pedagogía Blanca para hacer el cambio hacia unas generaciones de niños y padres sanos y felices. Ha sido madre homeschooler desde que nacieron sus hijos, durante toda su infancia y adolescencia, y así descubrió su pasión por ayudar y aconsejar a otros padres o profesores acerca de una educación más respetuosa e implicada.